sábado, 24 de octubre de 2015

Sutilezas.

No es una de esas personas en las que te fijas en la calle y te das la vuelta para seguir sus pasos; pasa desapercibida entre la multitud, pero en cuanto te fijas en ella, aunque sea solo una fracción de segundo, te atrapa y eres incapaz de pensar en cualquier otra cosa.
Su pelo blanco y la palidez de su piel contrastan con el sonrosado de sus mejillas y labios; su forma de andar, a pesar de ser firme, recuerda a una sutil danza, no es porque mueva las caderas de una manera desenfrenada, es por lo desenfadado de sus movimientos. Nadie ha hecho que poner un pie delante del otro sea un acontecimiento tan hermoso.
La forma en que se despereza continuamente es vaga y natural como la de un gato: estira los brazos al cielo, sus costillas se abren, su espalda se arquea y lo libera con un ligero suspiro.
Nunca he visto nada tan dulce como su cara sonrojada; baja la mirada al suelo y se tapa disimuladamente con el pelo, y yo soy incapaz de apartar la vista de un gesto tan sencillo.
Y aunque todas estas pequeñas cosas forman una parte de su belleza, el hecho que la hace tan irresistible, tan magnética, es que ella no tiene idea de lo hermosa que es.

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