sábado, 24 de octubre de 2015

Crónica de un suicidio

Su cabello ondeaba con el viento, teñido de escarlata. Sus manos chorreaban sangre. Sus ojos desorbitados se abrían de manera antinatural, haciendo que sus pupilas pareciesen pequeños puntos negros en un abismo blanco. Una sonrisa de otro mundo mostraba todos sus dientes.
-¡Por fin tienes lo que te mereces! -dijo mientras daba pequeños saltitos nerviosos señalando el cadáver de una joven.
Se sentó al lado del cuerpo. La luz de la luna se filtraba entre los árboles tiñendo de un blanco mortecino su piel. Una carcajada brotó de lo más profundo de sus pulmones.
-Esto es lo que te merecías. Me hacías sentir mal. Me hacías sentir que todo el mundo estaba en mi contra.
Cogió una brizna de hierba y empezó a enrollársela entre los dedos.
-Yo pensaba que me querían, que se reían conmigo, y no de mi, pero una palabra tuya hacía que todo pareciese mentira. Pero eso se acabó, ya estás muerta, ya no puedes poner al mundo en mi contra.
Dejó de mirar al cielo para mirar a ese familiar rostro, con el que había convivido tanto tiempo. Le agarró la mano y continuó:
-¿Recuerdas a Greta? Fue mi amiga intermitentemente durante cinco años. Realmente la tenía mucho cariño y sin embargo, tu me hacías desconfiar de ella. Al final me hiciste creer que me dejaba de lado, que no le caía bien, así que corté la relación con ella. También me pasó con María, y con Elisa, y con Ámber.
Volvió a reir macabramente.
-Por eso estás mejor muerta.

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